JuvenilTOR

De la LLAMADA a la RESPUESTA

La Llamada de Jesús.

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: -El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva (Mc 1, 14-15)

Jesús llama a la conversión, es decir, al cambio de aquello más íntimo nuestro, de ese hondón capaz de lo mejor. El Reino de Dios llega a nosotros en medio de lo más cotidiano, del agua del río, del polvo del camino, de los estudios y trabajos. Lo que el Padre quiere de nosotros y de nuestro mundo viene expresado por medio de Jesús, en él se cumple el tiempo, el plazo del que hablaron los profetas, en especial Juan Bautista.
Jesús nos invita al movimiento, al cambio de sentimientos y hasta de la vida. La razón: que el Padre nos ama a cada uno y nos lo quiere probar.

Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres. Al instante, dejando las redes, le siguieron(Mc 1, 16-17)

Jesús bordea el mar de Galilea. Es un lago grande en el que se puede pescar, en el que se reúne la gente para comprar, intercambiar noticias. Jesús bordea el lago reconociendo esa gran masa de agua como el lugar de la misión. El mar, la inmensidad es el destino de esa Buena noticia.
Y Jesús elige primero a dos judíos con nombre griego, Simón y Andrés. Son dos personajes en movimiento que echando las redes en el mar pescan peces como medio de vida. Jesús les invita, sin reparos, a ganarse el Reino pescando hombres. Les propone lanzarse al lago para librar a los hombres de las redes. "Al instante, dejando las redes, le siguieron", es decir, que le siguieron dejando los impedimentos y se lanzan a la aventura.

Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él (Mc1, 19-20)

Jesús pasa su invitación a los judíos de origen palestino, a los verdaderos, a los que se consideran los guardianes de la Ley y los profetas, a Santiago y a Zebedeo que estaban quietos en la barca tejiendo redes. Ellos son quienes tejen las redes que lían a otros hombres con la excusa de cumplir la Ley de Dios. Pero Jesús también les llama porque la salvación no comienza de cero, de la nada, sino que tiene que partir de Israel. Ambos dejan la barca y la casa de Zebedeo, es decir el judaísmo, abandonando la manera equivocada de entender a Dios.
Nuestra vida no cambia de la noche al día, ni lo hace olvidando lo que somos. Jesús nos llama a cada una, a cada uno, en su situación, en las condiciones de su barca y a partir de su trabajo. Él sabe de sobra cuales son nuestras capacidades y nuestras tareas: -¿pescamos o tejemos redes?
Aún así nos invita a predicar el Reino nuevo.

Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: '¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.'Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él.» Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen.» Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea(Mc 1, 21-28)

Jesús vive como anuncia. No es como nosotros, ni como los escribas que proponen grandes cosas y saben distinguir el Bien del Mal en los otros, pero ellos siguen igual. Jesús enseña en sábado; en el día sagrado de los judíos y allí encuentra el espíritu inmundo. El espíritu que le increpa es la cerrazón de los juristas, escribas y fariseos que no están dispuestos a cambiar su forma de entender a Dios y menos su forma de vida. Ellos atan y cobran; viven y comen de la visión de Dios que han dado al pueblo, por eso se revelan: "¿has venido a destruirme?".
Aún así, Jesús es capaz de romper los caparazones y arrancar a cuajo un corazón que se ha quedado frío por el afán de poder, de aparentar, de seguridades. Israel, representado por ese espíritu inmundo, le conoce entre dolores: -" Sé quién eres tú: el Santo de Dios.'Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él.»

Mirad ¡cuánto duele abandonar una forma de pensar que nos ha servido durante años! ¡Cuánto nos duele el orgullo al tener que reconocer que nuestra forma de vida no era la que Dios quería!
Por eso lucha Israel, porque no quiere reconocer su equivocación. Sin embargo los discípulos se abren al plan de Jesús y sienten la fuerza para lanzarse al mar. Los escribas reconocen en su interior la equivocación pero se quedan entre los muros de la sinagoga como si todo siguiera igual, de ahí los intensos dolores y espasmos, mientras que los discípulos son liberados de sus ataduras para salir al mundo como hombres nuevos, nacidos de nuevo.

¿Qué se nos invita a predicar? ¿Cuál es la promesa que se nos hace tras el cambio?

El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.(Lc 4, 18-20)

Este es el Reino que trae Jesús: la abundancia para el hambriento, la libertad para el cautivo, el consuelo para el triste. Es el milagro que produce en el corazón de los que estamos llamados por Él para dejar nuestra barca y salir al mar. Y no es porque nos haya convencido sino porque conoce nuestras esclavitudes, nuestros desconsuelos y nuestras necesidades.

La Conversión.

Convertirse significa cambiar de dirección en el camino de la vida y a la vez dar un giro en la forma de vivirla. Estos dos gestos se plasman en la conversión de Saulo:

Sucedió que, yendo de camino, cuando estaba cerca de Damasco, de repente le rodeó una luz venida del cielo, cayó en tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?» El respondió: «¿Quién eres, Señor?» Y él: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer.» Los hombres que iban con él se habían detenido mudos de espanto; oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Le llevaron de la mano y le hicieron entrar en Damasco. Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber (Hch 9, 3-9)

Saulo se para en el camino y se dirige a Damasco cambiando el rumbo que le llevaba a Antioquía. A la vez cambia su forma de actuar y en lugar de continuar su búsqueda de cristianos ahora tiene que ser ayudado a recorrer el camino como un niño.
Jesús resucitado le ha tocado el corazón y le hace sentir que, él no es nadie para seguir adelante con esa lucha fraticida. Jesús le descoloca el corazón y la razón se le nubla. Y es que siempre va antes el corazón que la cabeza cuando de veras se toma una decisión importante. Lo que hasta entonces era clarísimo se tornó en oscuridad y no digería qué le había ocurrido ni por qué: Pasó tres días sin ver, sin comer y sin beber. Es el mismo dolor y desconcierto de los escribas de la sinagoga, pero en este caso Saulo se abre a la acción de Dios y se deja guiar como un ciego.

Saulo, en la carta que escribe a los Gálatas, nos hace ver cómo aquel cambio fue obra e iniciativa de Jesús resucitado:

Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres(Gal 1, 11-14)

Es el primer apóstol que no conoce personalmente al Jesús histórico pero que cree en Jesús resucitado por la fe. Igual que nosotros a partír de Él:

Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco(Gal 1, 15-17)

Cuando Dios nos cambia el corazón nos cambia la vida y la forma de relacionarnos con los demás, todo parece cobrar otro color y eso lo notan los que han pasado por ello: -"Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: «Ananías.» El respondió: «Aquí estoy, Señor.» Y el Señor: «Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos para devolverle la vista.» (Hch 9, 10-12).
Entramos a formar parte de aquellas mujeres y hombres que han dejado lo más profundo de sí para Dios. Pablo, nosotros, cuando dejamos el corazón a Dios nos hace encontrarle y amarle en los demás, de lo contrario hay que dudar de que sea verdaderamente una conversión.

La experiencia del amor de Dios se produce en aquellos que necesitan consuelo, abundancia y libertad. Pablo es liberado de la esclavitud de la Ley judía y de la concepción de un Dios vengador para entrar en la vida nueva de los que siguen a Jesús resucitado.

Respondió Ananías: «Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén y que está aquí con poderes de los sumos sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre. El Señor le contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre.» Fue Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: «Saúl, hermano, me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.» Al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista; se levantó y fue bautizado (Hch 9, 13-18)

Al principio nadie cree en un Saulo que ha perseguido a los cristianos, él mismo lo dice:

Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres(Gal 1, 13-14)

Pero lo más difícil es creer que Dios lo utiliza como instrumento suyo, como les fue difícil a los judíos creerlo de Jesús. Pero nosotros no estamos libres de culpa; primero porque no creemos que otros puedan estar tocados por Dios, y segundo porque lo vemos imposible en nosotros mismos.
Abrámonos a Dios y no juzguemos cómo puede abrar y en quién. Si Dios cambia a Pablo puede hacerlo contigo y conmigo. Así lo hizo con Francisco de Asís. El fue un joven que se encuentró a Dios y le cambió totalmente la vida.

La conversión en Francisco de Asís.

la-llamada-vocacionalLa conversión se da a lo largo de su existencia en ciertos acontecimientos que le harán seguir el estilo de los penitentes voluntarios del s. XIII. Aún muy joven se enrola con Gentil de Asís creyendo que siendo "caballero" encontraría el motivo de su existencia. Apenas llega a Spoleto, el Señor le cuestiona:
-"Francisco, ¿a quién sirves al siervo o al Señor?"
 -"Al Señor" –responde Francisco -. Esto le hace tomar conciencia de la dirección que no deben tomar sus pasos.

El Señor le va mostrando el camino poco a poco: pasa de una época de lucidez y euforia espiritual, en la que sus amigos llegan a preguntarle si se iba a casar, a otra en que busca en el silencio. Se marcha a Roma, como los penitentes, y en el sepulcro de Pedro y Pablo descubre que servir a Cristo consiste en hacerse humilde como él, y por eso da sus vestidos a un pobre. Según sus propias palabras el encuentro con el leproso de Asís le hizo cambiar radicalmente; todo lo que hasta entonces le parecía amargo se tornó dulzura. Y en una capilla ruinosa se vuelve a encontrar con Cristo en la figura de un icono bizantino:
-"Francisco, repara mi iglesia que como ves amenaza ruina". Ni corto ni perezoso se dirige a reconstruir la pequeña iglesita de San Damián. Sus paisanos, y su mismo padre, Pedro Bernardone, le tratan como a un loco. Como había robado mucho dinero en casa, para darlo a los pobres, es denunciado ante el obispo. Francisco, en medio de la plaza, se desnuda y da las ropas a su padre diciendo:
-"Hasta ahora te llamado padre mío, desde ahora quiero decir: Padre nuestro que estás en el cielo'".

Se puede afirmar que la "conversión" para Francisco es una experiencia paciente que se lleva a cabo a tientas, que es como todos vamos buscando a Dios. Y es que los caminos de Dios se van realizando en secreto, y a la vez, de una manera dolorosa y trabajosa. Quien se convierte, va dejando atrás caminos equivocados, y "se vuelve" a aquel de quien se estaba separado. Quien se convierte está aprendiendo a entenderse como criatura de Dios.

La Reconciliación y Penitencia.

El sacramento de la Penitencia es la respuesta del corazón de aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica. La Eucaristía y la Penitencia son los sacramentos que nos disponen para volver a Dios (conversión) y unirnos como hermanos en torno a Cristo (Eucaristía).

1. La reconciliación antropológica.

¿Qué es la reconciliación? Es ese caer en la cuenta de que no hay proporción alguna entre lo que Dios es capaz de hacer por nosotros y los errores o faltas que podamos cometer. Él siempre se nos adelanta, sin poner condiciones, porque está dispuesto a acogernos y reconciliarnos.

Nuestra condición es ambigua, y esto lo constatamos al descubrirlo en los otros, sin embargo, al principio de los tiempos no están ni el Mal, ni el pecado, ni la ambigüedad. Al principio está el gesto creador de Dios que hace al hombre a su imagen ("Creó, pue, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó..." Gen 1, 27), más tarde aparecerá el tentador y su propuesta: "Seréis como dioses" (Gen 3, 15). Lo tentador es ser dioses de sí mismos, ser la propia fuente olvidando la condición de creaturas. Adán y Eva, después de desobedecer comienzan a avergonzarse de su desnudez, se esconden. Ya no pueden ser ellos mismos sin turbarse. Resulta que la armonía, consigo mismos, les viene de su armonía con Dios. Tal armonía ha degenerado en mala conciencia; ese sentimiento que indica que hemos distorsionado la relación con Dios. De esa mala conciencia nace la rivalidad que la Biblia plasma con el asesinato de Abel por Caín. Éste parece ser el pecado que mana directamente del rechazo de Dios, y por el que se dice que hay dos mandamientos semejantes: "Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo" (Mt 22, 34-40).

La iniciativa es siempre de Dios aun cuando parece que la respuesta humana es libre y autónoma. Él nos amó primero y se manifiesta en distintas situaciones de perdón: Zaqueo cambia cuando Jesús le dice:
- "Hoy tengo que hospedarme en tu casa". El evangelio permite, como a Zaqueo, vernos como somos en los ojos de Jesús; una mirada que nos revela que, a la vez somos pecadores y estamos salvados. "¿Quieres curarte?" Es la extraña pregunta que Jesús hace al paralítico en el camino (Jn 5,6). Querer curarnos de nuestras heridas supone reconocernos: como enfermos e incapaces de curarnos solos y necesitados de un salvador.

La imagen de la respuesta humana a la iniciativa de Dios la encontramos en el hijo que heredó la parte que le correspondía y malgastó su vida fuera de casa (Lc 15, 11-32). Al sentirse lejos del Padre y de sí mismo decidió volver. En esta actitud se funda el sacramento de la Reconciliación; el signo del amor paterno se cifra en la espera del hijo desesperado. "Volveré" es el primer impulso que nos hace retornar al hermano y a Dios, para sanar la relación deteriorada.

El emprender el camino no nos conduce sólo al "sacramento de la Penitencia", sino que nos hace descubrir mil gestos y palabras con los poder reconciliarnos con la vida cotidiana. Pero lo que es indudable es que la reconciliación pasa por la palabra. Y es que para nosotros nada existe mientras no se exprese con palabras (decir "te quiero"), por ello, la "confesión" lleva en sí el dinamismo de la reconciliación: podemos decirnos cosas a nosotros mismos, pero confesar es dirigirse al Otro para manifestarle que hemos cambiado, pero estando ya en el nuevo camino.

El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies (Lc15, 21-22)

Sólo desde esa disposición de reconocer cómo somos podemos entender cómo al Padre de la parábola, es decir a Dios le sobran las palabras cuando retornamos a Él dañados, dolidos, pedidos.

Vamos ahora a relatar cómo el hombre se ha ido haciendo consciente de esta realidad y cómo el Espíritu ha suscitado maneras distintas la "conversión". La Reconciliación con Dios, para el cristiano, es eclesial porque Dios es el que nos posibilita poder amar a los hermanos sin egoísmos ni acaparamientos.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.Simón Pedro le dice: «Señor, ¿a dónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde.(Jn 13, 34-35)

2.- La respuesta eclesial a la Reconciliación.

Sabemos que la naturaleza humana, fruto de la limitación y la libertad, tiene en sí la posibilidad de perder de vista a Dios. Vamos a desarrollar una síntesis de lo que ha sido el sacramento de la Reconciliación a lo largo de la historia, y cómo hemos de entenderlo hoy.

2.1 Comenzamos destacando las diferentes dimensiones del mismo.

La antropología cristiana afirma que la naturaleza humana está dañada por el pecado original pero por el Bautismo hemos sido regenerados en Cristo y hecho criaturas nuevas. Aún estamos sometidos a la temporalidad y a la fragilidad, por lo que el cristiano puede pecar. Así el sacramento de la Penitencia o Reconciliación nace para los pecados que se cometen después del Bautismo.
Para ello se fijan en Jesús quien rechaza radicalmente el mal y el pecado, y acoge con misericordia a los pecadores:
-"Entró de nuevo en Cafarnaúm;...Y le vienen a traer a un paralítico llevado entre cuatro. Al no poder presentárselo a causa de la multitud, abrieron el techo encima de donde él estaba... Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados" (Mc 2, 1-12).
Y manda que entremos nosotros en la misma dinámica: -" Pedro se acercó entonces y le dijo: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt 18, 21-22).
Todo aquel que necesite de la misericordia de Dios puede ser reconciliado por la Iglesia siguiendo el mandato de Jesús:
-"«Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo" (Mt 18, 18).

Esta necesidad de perdón nace para los pecados graves (capitalia) y da lugar a la penitencia pública y canónica de los seis primeros siglos. Es una penitencia única e irrepetible, sigue un proceso y se le saca de la Comunidad. El penitente tras hacer frutos de penitencia y ser considerado digno de recuperar la plena comunión con la comunidad es perdonado por Dios, por medio del obispo, en la Vigilia Pascual. Para este tipo de penitencia lo más importante es el perdón de la comunidad como perdón de Dios. De ella el Vaticano II establece que los efectos del sacramento son: el perdón de Dios y (simul) el perdón de la Iglesia (LG 11, SC 72).
La penitencia céltica o tarifada, procedente de los monjes irlandeses, amplia el perdón para los pecados leves como una práctica espiritual. El sacramento se privatiza, se puede repetir y pierde su carácter episcopal.

2.2. Los elementos constitutivos del sacramento.

a) La Contrición es lo que hemos llamado CONVERSIÓN y es la actitud básica para celebrar el sacramento. Hoy se ve como un cambio de vida porque Dios y el hombre se han encontrado. Es una "conversión radical", no cotidiana.

b) La Confesión, en el origen, fue una conversación con el obispo que pasó a ser la parte esencial del sacramento en la Edad Media, con lo que degeneró en el "confesionalismo" y perdió el sentido de proceso en el que uno se hacía consciente de su desamor.

c) La Satisfacción en la antigüedad era tan importante que daba el nombre al sacramento. Duraba tres años y en ellos se debían dar muestras de cambio. La penitencia céltica reduce el tiempo y pierde calidad: aparecen las conmutaciones, los libros de penitencias y se pospone a la "absolución". Para la teología de hoy es: un signo de "conversión" y vida nuevos, con un valor reparador ya que el pecado repercute en la comunidad.

d) La Absolución cayó en un juridicismo extremo. A partir del Vaticano II se le dota de un talante teologal: inserción del penitente en el "Misterion" de Cristo, mostrando cómo toda la historia de la salvación culmina en él.

2.3 La crisis.

Actualmente aparece una queja generalizada por la crisis de este sacramento. Habría que mirar cuál es el verdadero problema y qué dimensiones nos obliga a revisar. En un honrado planteamiento de la "conversión" humana y del sacramento de la Reconciliación no debería faltar ninguno de los aspectos siguientes:

0º. La existencia de una verdadera conversión a Dios y a los hermanos.
1º. La iluminación del sacramento con la Palabra de Dios.
2º. La recuperación de su dimensión eclesial y escatológica.
3º. La distinción del sacramento para el "cambio radical" del vida y la búsqueda de otras formas para la "conversión cotidiana".
4º. El mantenimiento de la dimensión profética, misional, y la festiva.

La llamada de Jesús
Mc 1, 14 – 28.
Lc 4, 18 - 20.

Conversión
Hch 9, 3 -18.
Gal 1, 11-17.

Reconciliación y Penitencia
Mt 22, 34 - 40.
Lc 15, 11 – 32.
Jn 13, 34 – 35.
Mc 2, 1 –12.
Mt 18, 18; 21 – 22.

 

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