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La segunda Carta de San Francisco a todos los FIELES

En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Amén.

1A todos los cristianos religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos los que habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: obsequio con reverencia, paz verdadera del cielo y sincera caridad en el Señor.

2Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a serviros a todos y a administraros las odoríferas palabras de mi Señor.

3Por eso, considerando en mi espíritu que no puedo visitaros a cada uno personalmente a causa de la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, me he propuesto anunciaros, por medio de las presentes letras y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64).

[La Palabra del Padre encarnada: el Señor Jesucristo]

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PALABRAS DE SAN FRANCISCO A SUS SEGUIDORES

Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos, y aborrecen sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y producen frutos dignos de penitencia: Oh cuán dichosos y benditos son aquellos y aquellas que tales cosas ponen en práctica y perseveran en ellas!
Porque reposará sobre ellos el espíritu del Señor y pondrá en ellos su habitación y morada. Y son hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan; y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo.
Somos sus esposos, cuando el alma fiel se une, en el Espíritu Santo, a nuestro Señor Jesucristo. Somos sus hermanos, cuando cumplimos la voluntad del Padre que está en los cielos. Somos sus madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo mediante el amor divino y una conciencia pura y sincera; lo damos a luz mediante las acciones santas, que deben resplandecer para ejemplo de los demás.
Oh, qué glorioso y santo y grande es tener en los cielos un Padre! Oh, qué santo y qué tierno, placentero, humilde, pacifico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable es tener un tal Hermano y un tal Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que dio la vida por sus ovejas y oró al Padre, diciendo: Padre santo, guarda, por tu nombre, a los que me diste en el mundo; eran tuyos, y tú me los diste. Yo les he dado a ellos las palabras que tú me diste, y ellos las han aceptado, y han creído que realmente he salido de ti y han conocido que tú me has enviado. Ruego por ellos y no por el mundo. Bendícelos y conságralos; por ellos yo me consagro a mí mismo. No te pido sólo por ellos, sino por todos los que han de creer en mí gracias a su palabra, para que sean consagrados en la unidad como nosotros. Y quiero, Padre, que estén conmigo donde yo estoy, a fin de que vean mi gloria en tu reino.

Amén.

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