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Santa Isabel del Hungría y San Luis de Francia

San Luis, rey de Francia

San Luis Rey de Francia c. 1590

Patrón de la Tercera Orden Regular de san Francisco

Nació el año 1214. Subió al trono de Francia a la edad de veintidós años. De su matrimonio tuvo once hijos, a los que personalmente dio una excelente educación. Se distinguió por su espíritu de penitencia y oración, y por su amor a los pobres. En su manera de gobernar, se preocupó de la paz entre las naciones y del bien temporal y espiritual de sus súbditos.

Promovió dos cruzadas para liberar el sepulcro de Cristo, y murió cerca de Cartago el año 1270. La tradición cuenta que se dejó seducir por la espiritualidad de la Orden de Penitencia de san Francisco. Y por eso se le venera como patrón de la Tercera Orden Regular.

  


Santa Isabel de Hungría

Santa Isabel Hungria-17

Patrona de la Tercera Orden Regular de san Francisco.

Una noche del verano de 1207, Klingsohr de Transilvania anunció a Herman de Turingia, que el rey Andrés II de Hungría, primo del emperador de Alemania, acababa de tener una hija. Esa misma noche, Andrés II y su esposa, Gertrudis de Andech-Meran, tuvieron una hijita que nació en Presburgo (Bratislava) o en Saros-Patak. El matrimonio profetizado por Klingsohr ofrecía grandes ventajas políticas, por lo cual, la recién nacida Isabel fue prometida en matrimonio al hijo mayor de Herman.

Cuando la niña tenía unos cuatro años, sus padres la enviaron al castillo de Wartburg para que se educase en la corte de Turingia con su futuro esposo. Durante su juventud, Isabel hubo de soportar la hostilidad de algunos miembros de la corte que no apreciaban su bondad; pero en cambio, el joven Luis se enamoró cada vez más de ella.
La vida de matrimonio de la santa sólo duró seis años. Dios concedió tres hijos a la pareja: su primogénito, Herman, Sofía y otra niña que nacería tres semanas despues de haber muerto Luís en la cruzada. Entonces Enrique, el cuñado de Isabel, que era el tutor de su hijo, echó fuera del castillo a la santa, a sus hijos y a dos criados, para apoderarse del gobierno.

Isabel fue a ver a su tío Eckemberto, obispo de Bamberga, quien puso a su disposición el castillo de Pottenstein. Los parientes de Santa Isabel le proporcionaron lo necesario para vivir. Y el Viernes Santo de ese año, la viuda tomó el hábito de la Tercera Orden de San Francisco. Según los cronistas, Isabel inspirada por la Orden de la Penitencia, construyó una casita en las afueras de Marburgo y ahí fundó una especie de hospital para los enfermos, los ancianos y los pobres y se consagró enteramente a su servicio.
Sus damas de compañía compartieron su ilusión y formaron un beaterio. Este grupo de hermanas se unió al de otras que iban apareciendo por Europa. Santa Isabel murió al anochecer del 17 de noviembre de 1231, antes de cumplir veinticuatro años.

Y por eso toda la Tercera Orden la celebra como patrona e impulsora de las monjas terciarias, conocidas también como "isabeles".

PALABRAS DE SAN FRANCISCO A SUS SEGUIDORES

Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos, y aborrecen sus cuerpos con sus vicios y pecados, y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y producen frutos dignos de penitencia: Oh cuán dichosos y benditos son aquellos y aquellas que tales cosas ponen en práctica y perseveran en ellas!
Porque reposará sobre ellos el espíritu del Señor y pondrá en ellos su habitación y morada. Y son hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan; y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo.
Somos sus esposos, cuando el alma fiel se une, en el Espíritu Santo, a nuestro Señor Jesucristo. Somos sus hermanos, cuando cumplimos la voluntad del Padre que está en los cielos. Somos sus madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo mediante el amor divino y una conciencia pura y sincera; lo damos a luz mediante las acciones santas, que deben resplandecer para ejemplo de los demás.
Oh, qué glorioso y santo y grande es tener en los cielos un Padre! Oh, qué santo y qué tierno, placentero, humilde, pacifico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable es tener un tal Hermano y un tal Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que dio la vida por sus ovejas y oró al Padre, diciendo: Padre santo, guarda, por tu nombre, a los que me diste en el mundo; eran tuyos, y tú me los diste. Yo les he dado a ellos las palabras que tú me diste, y ellos las han aceptado, y han creído que realmente he salido de ti y han conocido que tú me has enviado. Ruego por ellos y no por el mundo. Bendícelos y conságralos; por ellos yo me consagro a mí mismo. No te pido sólo por ellos, sino por todos los que han de creer en mí gracias a su palabra, para que sean consagrados en la unidad como nosotros. Y quiero, Padre, que estén conmigo donde yo estoy, a fin de que vean mi gloria en tu reino.

Amén.

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